
María Magdalena fue al sepulcro cuando aún estaba oscuro. No esperó a tener certezas. No esperó a sentir fe. Fue porque sí. Por costumbre. Por amor. Por no saber qué más hacer. Tú haces lo mismo.
Te levantas algunas mañanas sin ganas de rezar. Sin sentir nada. Con la losa del cansancio, de la rutina, de una pena que no te dejas tocar. Y aun así, vas. A la iglesia. Al Oratorio. Al grupo de WhatsApp. Al vídeo del canal. No porque estés convencido. Sino porque no sabes dónde más ir.
Eso no es poca cosa. Eso es María Magdalena en la oscuridad.
Pedro y Juan corrieron al sepulcro. Juan llegó primero, se asomó, pero no entró. Pedro llegó después y entró sin pensarlo. Tú has hecho las dos cosas.
A veces has corrido hacia algo con mucha ilusión: un proyecto, una comunidad, una relación, un cambio de vida. Llegaste primero… y te quedaste en la puerta. Algo no encajaba. No entraste del todo. Y estuvo bien. No te culpes.
Otras veces has entrado sin pensarlo. Te has lanzado. Y luego has visto que dentro tampoco estaba Jesús. Solo vendas vacías.
Y entonces te has preguntado: «¿Para qué he corrido tanto? ¿Para qué he entrado?»
Te entiendo. Pero escucha: no corriste en vano. Porque cuando entró Pedro, Juan entró detrás. Alguien necesita tu ejemplo para atreverse a cruzar el umbral. Tú, con tus entradas y tus dudas, estás allanando el camino para otro.
«Vio los lienzos tendidos y el sudario enrollado aparte.»
Nadie había robado el cuerpo. Si lo hubieran robado, habrían tirado las vendas al suelo, las habrían arrancado. Pero estaban ordenadas. Como si alguien hubiera salido de dentro con calma. Con poder. Con dignidad.
Tú has visto cosas así en tu vida. Momentos en los que, sin explicación, el caos se ha ordenado. Una herida que dejó de doler. Un abandono que se convirtió en libertad. Un fracaso que, con el tiempo, resultó ser una puerta.
No lo entiendes. No hace falta. La fe no es entender. Es ver el orden en medio del desorden y decir: «Aquí ha pasado algo.»
«Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó.»
Juan no creyó cuando vio desde fuera. Creyó cuando entró. Cuando se mojó. Cuando se atrevió a traspasar el umbral que Pedro había traspasado antes.
Tú has tenido ese momento. Quizá no fue una visión ni un milagro. Fue algo más sencillo: una noche que dormiste tranquilo sin motivo. Un perdón que no creías capaz de dar. Una Eucaristía en la que, por un segundo, supiste que Él estaba ahí.
No entendías las Escrituras. No entendías por qué tenía que resucitar. Pero creíste. Y eso es todo lo que Dios te pide.
San Agustín lo dijo: «Vio vacío el sepulcro y creyó que había resucitado. No entendía aún cómo, pero su corazón dijo: ‘No está aquí’. Y fue suficiente.»
Para ti esta semana
No te pidas entender. No te pidas sentir. No te pidas correr más rápido que nadie.
Solo te pido una cosa: sigue yendo al sepulcro. Aunque esté oscuro. Aunque no veas nada. Aunque no entiendas nada.
Ve porque Él está, aunque no lo sepas.
Ve porque tu corazón necesita ese paseo sin respuestas.
Ve porque los lienzos vacíos siguen ahí, esperando que los mires.
Y un día, sin saber cómo, entrarás. Y verás. Y creerás.
No antes. No después. A su tiempo.
Que la Santa Faz, que no viste en el sepulcro pero te espera en Galilea, te bendiga. Que San Atanasio, que fue desterrado cinco veces sin entender por qué, te dé su misma perseverancia tozuda. Y que el Resucitado te dé paz, no la paz de entenderlo todo, sino la paz de saber que, aunque no entiendas, Él sí te entiende a ti.
Amén.
Para que lo lleves contigo esta semana
Repite esto cada mañana antes de levantarte:
«Señor, no entiendo nada. Pero aquí estoy. Otra vez. En el sepulcro. A oscuras. Dame solo la fuerza de quedarme. De entrar. De creer. Aunque sea sin entender.»
- Si estás en la oscuridad (dudas, silencios de Dios, desánimo): haz como María Magdalena. Ve al sepulcro aunque no veas nada. Ve porque Él está, aunque no lo sientas.
- Si eres de los que corren rápido pero se quedan en el umbral (intelectuales, sensibles, temerosos): no te culpes. Pero pide a Dios un Pedro que te empuje a entrar. A veces la fe se contagia entrando detrás de otro.
- Si eres de los que entran sin pensar (impulsivos, prácticos, pastores): no menosprecies a los que se quedan fuera. Tu entrada allana el camino para ellos. Entra con humildad, no con estrépito.
- Si no entiendes las Escrituras (y quién las entiende del todo): no esperes a entender para creer. Cree, y la inteligencia vendrá detrás. Como dijo San Anselmo: «No busco entender para creer, sino que creo para entender.»
♰ Rvdo. Padre E.J. Benedicto O.S.S.A

«Al anochecer de aquel día… estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo.»
No eran cobardes. Eran realistas. Habían visto matar a su Maestro. Temían acabar igual.
Tú también cierras puertas. No siempre de madera. A veces son puertas del corazón: no cuentas lo que de verdad te duele. No muestras tu duda. No dices que a veces ya no sabes si crees. Te proteges. Te escondes. Y no está mal. Es supervivencia.
Pero escucha esto: Jesús no llama a la puerta. Entra. Atraviesa la madera, el miedo, el orgullo, la vergüenza. Se pone en medio. Y lo primero que dice no es «arrepentíos» ni «tenéis que esforzaros más». Lo primero que dice es:
«Paz a vosotros.»
No paz después de que arregles tu vida. Paz ahora. En medio del miedo. Con las puertas aún cerradas.
Les enseñó las manos y el costado.
Jesús no enseña su resplandor. Enseña sus heridas. Porque sus heridas son tu puerta de entrada. Ahí es donde Él te reconoce. Ahí es donde tú le reconoces a Él.
Tú tienes heridas. Algunas visibles, otras que ni tu familia conoce. Abandonos. Traiciones. Un divorcio. Una orientación que has tenido que aprender a vivir sin banderas pero también sin mentiras. Un cansancio de rezar que no le cuentas a nadie.
Pues mira: el Resucitado no tiene un cuerpo de foto de estudio. Tiene un cuerpo con agujeros. Porque la victoria de Dios no borra el sufrimiento, lo transforma.
San Gregorio Magno dijo: «La herida del costado muestra el amor que nunca se cierra.» Tus heridas también pueden mostrar amor, si dejas que Jesús se ponga en medio.
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados.»
Aquí viene lo duro. Jesús no te da el Espíritu solo para que te sientas bien. Te lo da para que perdones. Para que sueltes. Para que dejes de llevar la contabilidad de quién te falló.
Tú tienes a quién perdonar. Lo sabes. El obispo que te abandonó. Los santeros que te utilizaron. Los que te echaron de Open Episcopal. Tal vez a tu ex marido. Tal vez a ti mismo.
El Espíritu que Jesús te sopla no es un viento suave. Es un vendaval que derriba muros. Pero para eso tienes que abrir la puerta de tu rencor. Solo un poquito. Él se encarga del resto.
«Si no veo… si no meto el dedo… no lo creo.»
Tomás no es el incrédulo. Es el honesto. El que no finge tener una fe que no tiene. El que dice en voz alta lo que tú piensas en silencio: «No puedo creer solo porque otros digan que han visto. Necesito tocar.»
Jesús no le regaña. No le dice «qué mala fe tienes». Le dice: «Trae tu dedo. Mete tu mano.» Le ofrece exactamente lo que Tomás pidió.
Dios no se ofende por tus dudas. Se ofende por tus mentiras piadosas. Prefiere un Tomás que exige tocar las heridas, a un discípulo que asiente con la cabeza mientras por dentro está vacío.
Y cuando Tomás toca… no dice «ahora entiendo». Dice algo mucho más grande:
«¡Señor mío y Dios mío!»
No entendió nada. Adoró. Porque la fe no es entender. Es arrodillarse.
«Bienaventurados los que crean sin haber visto.»
Esa bienaventuranza es para ti. Porque tú no has metido el dedo en el costado de Cristo. Pero has visto otras cosas: un silencio que se volvió paz. Un abandono que se volvió libertad. Una comunidad pequeña que sigue junta aunque no tenga obispo ni gran iglesia.
No has visto a Jesús resucitado. Pero has seguido aquí. Con las puertas cerradas. Con miedo. Con dudas. Y Él ha entrado. Una y otra vez. Y te ha dicho: «Paz a ti. No a la que entiendes. A la que yo doy.»
Eso es creer sin ver. Y eres bienaventurado. No por fuerte. Por fiel.
Para ti esta semana
No te pidas no dudar. Las dudas son escalones, no abismos.
No te pidas perdonar de golpe. Solo permite que el Espíritu sople un poco sobre esa herida que no cierras.
No te pidas tener las puertas abiertas. Déjalas cerradas si necesitas. Pero susurra: «Señor, aunque no veo, aquí estoy. Entra, aunque no llames. Y dime esa palabra que solo Tú sabes: Paz.»
Que la paz que no entiendes, pero que a veces llega sin motivo, se quede contigo esta semana. Que el costado abierto de Cristo sea tu refugio cuando no puedas con los tuyos. Y que Tomás, el honesto, el que dudó y adoró, te alcance su misma humildad para decir, sin entenderlo todo: «Señor mío y Dios mío.»
Amén.
♰ Rvdo. Padre E.J. Benedicto O.S.S.A