Homilía del V Domingo de Pascua: El amor como signo de la gloria de Dios.
Queridos hermanos, hoy la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre el Amor y la misión de los discípulos, enmarcada en la gloria de Dios manifestada en Jesús.
La primera lectura nos muestra el testimonio de Pablo y Bernabé, quienes a pesar de las dificultades y tribulaciones, no dejaron de anunciar el Evangelio. La fe no es un camino libre de pruebas, sino una vocación a perseverar en medio de ellas. Para entrar en el Reino de Dios debemos vivir en fidelidad y confiar en que, aun en la adversidad, el Señor sigue abriendo puertas para su pueblo. Nos sigue abriendo puertas constantemente.
El Salmo nos recuerda que Dios es clemente y misericordioso, su reinado no es algo temporal ni limitado; es eterno y poderoso. Esto nos ha de otorgar la certeza suficiente y darnos seguridad y esperanza: Dios nos sostiene en cada etapa de nuestra vida. Dios siempre está a nuestro lado, siempre nos tiene cogidos de la mano, cada instante de nuestra vida, aunque en ocasiones lo cuestionemos, Él nunca nos cuestionará.
En el Apocalipsis, vemos la promesa de una nueva creación. La nueva Jerusalén desciende del cielo como un símbolo de la comunión perfecta entre Dios y los hombres. Se nos muestra un futuro lleno de esperanza: un mundo sin lágrimas, sin muerte ni dolor. Pero para llegar a este nuevo mundo, debemos abrazar el mandamiento que Jesús nos ofrece en el Evangelio: “Amaos unos a otros, como yo os he amado”.
Jesús nos deja una regla de vida que distingue a sus discípulos: el Amor. No cualquier amor, sino el amor que él nos enseñó, capaz de entregarse hasta el extremo, de perdonar, de sanar, de acoger sin distinción. El verdadero signo del cristiano no es el conocimiento, ni las habilidades o los títulos, sino el amor que demuestra en su vida.
Hoy, preguntémonos: ¿Cómo estamos viviendo este mandamiento nuevo? ¿Somos testigos del amor de Cristo en nuestro día a día? Que la gracia de Dios nos ayude a amar como Jesús nos ha amado, para que todos puedan reconocer en nosotros la presencia viva del Señor.
Amén.
Homilía IV Domingo de Pascua, 11 de mayo del 2025.
Queridos hermanos,
Hoy la Palabra de Dios nos envuelve con un mensaje profundo, lleno de consuelo y de esperanza. Nos habla de algo que todos necesitamos: la certeza de no estar solos, la confianza de sabernos cuidados, guiados y amados por Dios.
El Evangelio de San Juan nos deja escuchar una voz llena de ternura, la voz del Buen Pastor: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen.”
Jesús no nos ve como multitudes sin rostro. Él nos conoce a cada uno, conoce nuestras heridas, nuestras alegrías, nuestros miedos. Conoce el nombre que llevamos en el corazón y también el peso que a veces cargamos en silencio. Y no solo nos conoce, nos llama, nos guía y nos promete la vida eterna. “Nadie las arrebatará de mi mano”, nos dice.
Estas son palabras para los días de tormenta, para las noches en que sentimos que el suelo tiembla bajo nuestros pies. Es la promesa de que estamos en manos fuertes, pero llenas de amor.
El Apocalipsis, nos muestra el final de ese camino. Una muchedumbre vestida de blanco, que ha pasado por la “gran tribulación”. Qué imagen tan humana: son personas que han sufrido, que han llorado, que han luchado. Y sin embargo, ahora están ante el trono del Cordero. “Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.”
Quizás tú, o alguien que amas, está en ese tiempo de tribulación. Tal vez hay dolor, incertidumbre, o soledad. Hoy Dios te dice: aguanta un poco más, no estás solo. Hay una promesa esperando. Las lágrimas que hoy brotan, un día serán limpiadas por las manos mismas de Dios.
En los Hechos de los Apóstoles, nos recuerda que esta buena noticia no es solo para unos pocos, sino para todos. Cuando algunos rechazaban la palabra, Pablo y Bernabé no se rindieron. Ellos sabían que la luz de Cristo está destinada a llegar “hasta el confín de la tierra”. Y eso nos incluye a ti, a mí, a nuestras familias, incluso a aquellos que creemos que están lejos.
Queridos hermanos: Todos nosotros somos ovejas de su rebaño, todos necesitamos ser guiados, todos necesitamos sentirnos seguros. Hoy Jesús nos dice: “Yo soy tu Pastor. Escucha mi voz. Te conozco. Te amo. Te protejo. Te doy vida.”
Por eso, no vayamos como quien no ha escuchado nada. Vamos con el corazón renovado, con la certeza de que el Buen Pastor camina con nosotros. Y si estamos cansados, Él nos lleva en sus hombros. Si estamos perdidos, Él viene a buscarnos.
No hay dolor que Él no conozca. No hay soledad que Él no abrace. No hay herida que Él no pueda sanar.
Hoy más que nunca, confiemos en Él. Escuchemos su voz. Sigámosle. Porque en Sus manos, todo está bien.
Amén.
Homilía III Domingo de Pascua, 4 de mayo 2025.

Queridos hermanos en Cristo,
Las lecturas de hoy nos confrontan con la audacia de una fe viva, nacida del encuentro real con el Resucitado.
Como Pedro y los apóstoles, que ante la autoridad humana proclamaron con firmeza «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres«, nosotros también estamos llamados a priorizar la voz divina en nuestras vidas. ¿Pero cómo se traduce esto en nuestra vida cotidiana?
Es tan sencillo como elegir la honestidad en el trabajo aunque la mentira parezca más fácil; es ofrecer una mano al necesitado aunque nuestro tiempo sea escaso; es defender la justicia aunque nos cueste la comodidad. Su experiencia transformadora con Jesús vivo les dio a los Apóstoles una pasión imparable por compartir ese amor que vence incluso a la muerte. ¿Y nosotros? ¿Dejamos que ese mismo amor nos impulse en nuestras acciones diarias?
Al igual que el salmista que cantó «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado«, todos hemos sentido cómo Dios transforma momentos de oscuridad en destellos de esperanza. Quizá fue esa llamada inesperada cuando más lo necesitábamos, esa fuerza interior para superar una dificultad, esa paz que inunda el alma en medio de la tormenta. La Resurrección es esa promesa constante de que la alegría siempre puede renacer, incluso después de la noche más larga. ¿Confiamos en ese poder en los pequeños y grandes desafíos de cada día? Esa es la pregunta que debemos hacernos.
En el Evangelio, junto al lago, los discípulos, en su rutina de pescadores, reconocen al Señor en la abundancia inesperada que solo su presencia trae. Jesús restaura a Pedro, sanando las heridas del pasado con una pregunta directa que nos interpela a todos: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?«. Este amor no es solo un sentimiento, sino una acción concreta. Es la paciencia que mostramos con nuestros seres queridos en los momentos difíciles, la sonrisa que regalamos al extraño que cruza nuestro camino, el perdón que ofrecemos aunque la ofensa duela. Y la invitación final de Jesús, «Sígueme«, resuena hoy en nuestros corazones. Seguirlo es elegir el camino del amor en cada decisión, grande o pequeña.
La Resurrección nos impulsa a vivir un amor que se hace carne en nuestras vidas cotidianas, a testimoniar con valentía la luz de Cristo en cada rincón del mundo. Que experimentemos esa cercanía amorosa del Señor en los detalles de nuestro día a día y que, respondiendo a su llamado, llevemos su esperanza a cada persona que encontremos.
Amén.